Sobre la marcha
Sin haberlo planificado, estoy en Buenos Aires el mismo fin de semana que ocurre la segunda marcha del orgullo antifascista y antirracista. Es la primera vez que participo en una movilización acá en Capital. Las marchas después del 2020 no son lo mío y tal vez nunca lo fueron. Me cuesta creer que las cosas se solucionen así aunque en otras coordenadas históricas sí hayan servido de algo.
“Pero soy de aquí / y soy millones / vibrando en el cansancio elemental / de ganarles nuestra vida / a un puñado de crápulas” como dice el poema “1979: Algo para ganar” de Laura Devetach.
Vamos con mi amiga que me aloja siempre en su casa desde Caballito hasta Congreso en subte. Va lleno de gente hacia el centro aunque muchos parece que van a la cancha. En la estación Sáenz Peña de la línea A los vagones se vacían un buen tanto. Salimos y es un mundo de gente. Quedamos en encontrarnos con un amigo de ella en este punto, cerca del camión Mostri. Acá escuchamos un poco las canciones de Fama y Guita y hacia las cinco de la tarde arrancamos todos a marchar por Avenida de Mayo.
Quise anotar algunos cantos pero confié en mi memoria y ahora los olvidé. Solo recuerdo el de “señora, señor, no sea indiferente, matan a las travas en la cara de la gente!”. Tampoco hago registro de los carteles pero en general las consignas y lemas giran en torno a los epítetos de la convocatoria y hacen hincapié en el agua, los glaciares, los bosques, los femicidios, los migrantes, la reforma laboral, el sionismo, la violencia policial. También detecto un par de alusiones al vih: un papel con la frase “Con vih vivo, con Milei muero” y una remera con el triángulo rosa de Act Up encima del lema “Silence = Death”.
Una persona lleva un cartel que me llama la atención. Es un afiche celeste que tiene escrito algo así como: “… que dios y la patria se lo demanden. Dios no sé pero el pueblo … somos todes”. Otra persona viste una remera estampada con el escudo nacional cuyas hojas de laureles tienen cada una uno de los colores de la bandera arco iris. Me quedo pensando en esta extraña paradoja: los símbolos de la patria y la nación, que en sus versiones más burdas han legitimado históricamente formas de exterminio, ahora vienen a la mano para defender los derechos en remate.
Como hace bastante calor tratamos de ir por la parte de la sombra cuando es posible. Le pregunto al amigo que encontramos acá, que siempre vivió en San Telmo, cuánta gente cree que hay en comparación con las marchas del orgullo. Me explica que hay menos porque en las del primer sábado de noviembre toda la avenida y las calles paralelas están estalladas. Encima suelen aprovechar que algunas personas están repasadas para manotear celulares. Mi amiga me lo advirtió antes y por eso no lo saco para tomar notas mientras caminamos.
De cualquier manera, a mí, que vengo de una provincia, todo me parece muy diverso y concurrido. Mi amiga, que estuvo viviendo un año en Berlín, comenta que allá la marcha del orgullo está muy despolitizada, mientras pasamos por la embajada de Israel, toda vallada y grafiteada.
También pensé que iba a haber más policías y la verdad que no he visto ninguno. Seguro algún infiltrado hay. Es una de las primeras cosas que deliré cuando salimos del subte y vi a un señor grabando con su celular, con la mirada tonta de Homero Simpson. Pero todo se desarrolla sin disturbios.
Llegamos a Plaza de Mayo y mi amiga se vuelve a su casa y ahora quedamos dos. Antes de arrimarnos otra vez al colectivo Mostri vamos a mear al lado de la catedral. La cerveza que le compramos a los vendedores ambulantes me hace mucho efecto así que tengo que ir dos o tres veces a regar las columnas de agua bendita.
Después enfilamos para nuestro colectivo y nos quedamos ahí bailando. También supuse que al final de la marcha se leería un documento con las posiciones debatidas en las asambleas pero no es este el caso. En un momento mi nuevo amigo me muestra orgulloso su dni que en el campo del sexo tiene una X como signo de su expresión de género. Le pregunto cómo fue el trámite y yo también le muestro con orgullo mi dni que ya está a punto de vencerse: es de los primeros dni tarjeta que siguieron a la libretita verde, salieron en el 2011 en plena fiesta kirchnerista y venían con una libreta celeste y todos nuestros sueños adolescentes de diversidad y derechos garantizados por el Estado.
Ahora tenemos treinta años recién cumplidos y nos toca seguir viviendo así. Aunque para muchos una marcha es una forma significativa de lucha yo me siento bastante escéptico al respecto. Un poco antes de las ocho está tocando la dj InVertida. Mezcla “Ultraviolento” de Los violadores y se arma un pogo. Mi compa hace un gesto de pistola, apunta a la Casa Rosada y la llena de balas. Le sonrío y le digo en chiste subiendo los hombros que seguro están todos de vacaciones en el exterior. Me responde que no importa, que lo hace de manera simbólica.
Al final del pogo punki gritamos con fuerza un par de consignas y después nos vamos. Me tomo el subte de regreso. Ya en lo de mi amiga me acuesto a dormir una siesta porque a la medianoche tengo una fiesta y quiero recargar energías.
Vine a Buenos Aires por ella en realidad, una techno fetish en un antro donde no se puede sacar fotos ni videos. La propuesta es conectar con la música, las luces y los cuerpos alrededor. Hacia el final de la madrugada en las pantallas que hay atrás de la cabina de los djs se proyectan algunas de las frases que escuchamos y leímos durante los últimos días. Ninguna vida es descartable. Acá no sobra nadie. Qué vergüenza ser fascista. La única minoría peligrosa son los millonarios. Las leo mientras alrededor hay gente bailando y besándose mientras suenan los últimos tracks. Qué lindo ser un puto acá y en cualquier lado.

