Cierto anhelo
Hace una semana que estoy cuidando la casa de una amiga en el campo. No hay muchos humanos a kilómetros a mi alrededor, solo hectáreas sembradas de trigo y más allá pasturas para las vacas. La primavera recién comenzó y la temperatura es ideal para pasar estos días de retiro.
A la mañana me despiertan las gallinas y si me quedo remoloneando en la cama se sube una gata a pedirme que empiece con los quehaceres. A la tarde sé que es hora de meterme adentro cuando vuelve un chiflón a su nido en lo alto de un pino y se pone a llamar a su compañero para ir a dormir.
A la noche exploro la oferta de canales en el smartv, encuentro uno que transmite Hey Arnold! 24/7 y ahí me quedo durante horas. Recuerdo todos los episodios del Cabeza de Balón como si los hubiera visto ayer. No hace veinte años, sino ayer mismo, cuando era un niño conectado a la televisión por cable.
¿Por qué me gustaba tanto este dibujito? Quizás porque representaba cierto anhelo: tener un grupo de amigos con quienes compartir la vida del barrio en una ciudad hostil y rodeado de adultos disfuncionales. Mirar ahora las aventuras de Arnold y su banda me devuelve esa posibilidad de estar rodeado de personas con quienes enfrentar juntos la adversidad.
Hace poco justamente vi un video en YouTube que reseñaba esta serie animada sobre el amor, la amistad y sobre crecer en un mundo que no siempre es justo. Es muy fácil encontrar en redes sociales cualquier tipo de contenido que glorifica la nostalgia por un pasado dorado y perdido, sin embargo me dejo conmover por eso que Hey Arnold! sigue teniendo para ofrecer: una forma de compañía y cuidado al alcance de una pantalla.
Dejo la serie de fondo mientras me pongo a cocinar y pienso en las compañías que sí tengo ahora. Estoy cuidando la casa de una amiga en el campo. Aunque no es la junta del barrio, hay una comunidad distinta acá: dos gatas que se enroscan a mi lado en el sillón, una perra que espera las sobras de la comida, trece gallinas que me llaman a empezar el día temprano y un murmullo de aves, insectos y plantas que son más habitantes de este lugar que yo, que estoy de paso. Mi amiga confió su casa y su mundo en mis manos y eso también es una afirmación de la vida compartida.
Quizás no sean aventuras callejeras entre chicos, pero esta manada campestre hace lo suyo: me sostiene sin pedir nada a cambio, marca el ritmo de cada jornada y me señala que no estoy tan solo. Y al final del día cuando apago el televisor, pienso que hay muchos modos de pertenecer a una banda.

